Por dónde empezar ....
Durante mucho tiempo me resistí a escribir o dejar traza escrita sobre lo que sucede en un salto interdimensional, argumentando que no era apropiado, pues podía condicionar futuros viajes, creando expectativas o modelando la experiencia de un viajero a través de los pensamientos o de las sensaciones, mías o de mis acompañantes.
Ya poco importa. Y, sin embargo, al imprimir “acompañantes” percibí en mí cierta resistencia a seguir escribiendo, y es que siempre he dado demasiada importancia a las opiniones de otras personas. En este caso, una vocecita intentaba ponerme en mi lugar:
"—Tú eres el acompañante, no ellos."
A lo que le contesté:
"—Yo soy el guía; aunque a veces solo acompaño, sigo siendo el guía."
Es cierto que antes de iniciar un viaje los papeles están claros sobre el papel, pero en la práctica, en la acción y en el desarrollo del mismo, las fronteras se diluyen hasta tal punto que uno no sabe quién guía y quién sigue, quién se sana y quién observa, quién se ha ido y quién ha vuelto. Tras algo de reflexión por mi parte no puedo sino inclinarme ante mi pequeño y furtivo pensamiento y asentir:
"—Sí, tienes razón, yo soy el acompañante .… pero también el guía."
A menudo, cruzar el umbral de mi santuario es una mera formalidad del viaje. Y, sin embargo, el corazón se siente alegre, ligero, emocionado. Este paso indispensable que he incluido en los saltos interdimensionales es siempre una sorpresa, en cierto modo también para mí. Supongo que cuando creé este espacio en el “no espacio” ya estaba premeditado y, al mismo tiempo, creo que es algo que no podía ser de ninguna otra forma.
Mi santuario es un templo abierto, un lugar sagrado dentro y fuera de toda la extensión que mi Ser es. Se creó con mi simple intención, en una dimensión dentro y fuera del mundo manifestado, y gracias al amor de mis guías, mentores y maestros, que se encargaron de dotarlo de lo esencial: neutralidad, seguridad e intencionalidad. Cuando explico que este es el primer paso en un viaje, no puedo dejar de sentir un poco de satisfacción, porque sé que estoy dejando mi marca de “guía del viaje”. Y, al mismo tiempo, humildad, porque no es la obra de una mente humana; es más bien un lugar de magia, de magia de la buena, aunque solo permanecemos allí unos minutos.
Al "poner nuestros pies" en mi santuario tengo que concentrarme para describir cómo es, y la mejor forma, o la forma más sencilla, de hacerlo es empezar por lo que es inmutable, una sola cosa, y por ende la que le confiere su misión más importante: el suelo. Oscuro como la noche, el suelo propone un trato a mis acompañantes y ellos saben que no hay dos formas de seguir adelante.
No, no es algo que fuera implícito al salto, así que entiendo que haya personas a las que les tome de imprevisto.
"—Este viaje es personal. Con la experiencia he descubierto que algunas personas cargan o están acompañadas de entidades sutiles, ya sean familiares, compañeros, guías, parásitos… poco importa. A veces son acuerdos kármicos, a veces contratos de amor y otras veces son otras cosas. No voy a juzgar a nadie ni a nada, pues no es mi objetivo. Pero ahora es el momento de hacérselo saber a esas entidades, pues solo podremos seguir el viaje si esos seres se quedan aquí, esperando a que volváis. No hay de qué preocuparse, porque esta es solo una separación o una suspensión que durará lo que dure el viaje, y podrás reencontrarte con ellos en este mismo lugar antes de cerrar la sesión."
No quiero pretender que siempre digo lo mismo ni que lo haga en este orden.
Hasta la fecha nadie se ha quejado abiertamente o ha manifestado su deseo de abandonar la sesión.
No es imprescindible entrar en mayores precisiones. Lo más común son familiares que viajan adheridos al campo energético del viajero. No tengo nada en contra de los contratos que yo llamo de “asistencia mutua” y de “creceremos espiritualmente a la par”, pero en el pasado he constatado que otras presencias sí alteran el salto. La experiencia es personal, repito, pero sí, es transferible a posteriori y solo si esa es la voluntad sincera del viajero. Tampoco me opongo a hacer saltos grupales, pero en tales casos el viaje ya se prepara con esa intención.
Cuando cruzamos el primer portal desde el santuario, el recuerdo del trámite que acabo de describir ya es anecdótico y no va a volver a nuestra memoria hasta una o dos horas de reloj después.
He dicho portal, y es algo intencionado. Para salir del santuario, cuando el viajero está listo y se cumplen las condiciones adecuadas, se abre un portal; caminamos hacia él y lo cruzamos.
Las maravillas que acontecen después, las situaciones que he presenciado o las imágenes que vuelven a mi mente son harina de otro costal.
